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Hasta los Dentistas necesitan de la Filosofía

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Hasta los dentistas necesitan de la Filosofía

David Suárez Quintanilla

 

La muerte de Le Potevin, el amigo de Flaubert: 

“¡Cerrad la ventana! Es demasiado hermoso.

                                                                                                      Albert Camus.

 
Martin Heidegger o Sigmund Freud son personalidades que no han dejado a nadie indiferente, comparten lo original y rompedor de sus teorías, o al menos de su manera de pensar, y han tenido que crear un nuevo lenguaje para explicar sus constructos, sea el dasein o el ello, el yo y el superyó. Seguidores y retractores están muy polarizados y los elevan a los altares o los condenan a los infiernos. En el caso de Freud su principal valor es hacer entender el rio subterráneo imperceptible que subyace bajo nuestras acciones, el peso de un incontestable inconsciente y el papel, hoy demostrado por la neurociencia, de la represión frente al principio del placer, en esa lucha inmemorial del Eros y el Tánatos, y a un nivel más sociológico, su impacto en la moral victoriana y finisecular. 
Cuando uno lee Ser y Tiempo, con las anotaciones a pie de página que desee, solo le caben dos salidas, su admiración por el Maestro, a pesar de lo intrincadamente farragoso de su prosa, o unirse al grupo de los que, con Mario Bunge a la cabeza, se ríen abiertamente de esta manera de hacer filosofía y reducen su obra a un trabalenguas cabalístico sin sentido. Pero Heidegger es mucho más que Ser y Tiempo, y en muchas de sus obras, y prescindiendo de los neologismos, nos encontramos citas maravillosas, como la diferencia que debe existir entre un alumno y un profesor, y la característica que este ha de tener de “descender, para un hacer aprender” (en ¿Qué significa pensar?). Es este mismo Heidegger el que en su conferencia ¿Qué es Metafísica?, dice:
“Las ciencias se ocupan de una cosa y la filosofía de otra. Las ciencias se ocupan del ente y nada más, la biología,por ejemplo, del ente vivo y de nada más; la historia del acontecer del ente y nada más, la física del ente físico y de nada más; la sociología, del ente social y de nada más; las matemáticas del ente matemático y de nada más. ¿De qué nos ocupamos los filósofos? La respuesta es muy sencilla: nos ocupamos, justamente, de ese “…y de nada más”.
 
Y este nada más es crucial en unos momentos donde han accedido a la universidad las generaciones más preparadas e incultas de las últimas décadas, producto de la supresión de las llamadas humanidades en su formación preuniversitaria y del tiempo gastado en Instagram o TikTok; y no será por no haberlo avisado (ver mi libro “Pienso, luego resisto”,  Santiago de Compostela, 2021). En la “Rebelión de las Masas” Ortega se anticipa al teléfono inteligente cuando afirma:
“¿Para qué oír, si ya tiene dentro cuanto falta? Ya no es razón de escuchar, sino, al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir. No hay cuestión de vida pública donde no intervenga, ciego y sordo como es, imponiendo sus opiniones”
El teléfono inteligente da información, pero no la selecciona y crea el espejismo del conocimiento sin que el usuario perciba que lo único inteligente que tiene es, precisamente, su móvil. Nunca tanta lata vacía ha hecho tanto ruido. Y es Darío Villanueva el que pone el dedo en la llaga de la actual desinformación: “la corrección política y la postverdad son manifestaciones contemporáneas de la quiebra de la racionalidad y la estupidez”.
He dedicado gran parte de mi vida a la docencia a tres niveles, el grado, en 4º y 5º año de universidad, el postgrado de especialización en nuestro Servizo de Investigación en Ortodoncia – Unidade Dental do Sono y en dar muchos cursos en universidades y sociedades científicas de todo el mundo; procuro hacerlo lo mejor posible pon la responsabilidad contraída con nuestra Universidade de Santiago de Compostela y mis discentes. Con ese grupo reducido de alumnos del máster, con el que convivo más de 25 horas semanales, la relación es muy especial y soy consciente del período crítico que para ellos representan estos tres años, esta conexión vital entre la relativa responsabilidad de ser alumno de grado y la que supone el ejercicio libre profesional sin la red de profesores o tutores, asumiendo la mayoría créditos, que hay que devolver, y nuevos retos familiares. 
Esta nueva generación “Z” que pasa por la universidad, pero la universidad no ha pasado por ellos, plantea un nuevo desafío y nos obliga a dilatar el campo de nuestras enseñanzas, desde la literatura, el cine, la historia, la filosofía, pasando por la música clásica, y empezando por la estimulación del pensamiento crítico, anulado por Facebook, Instagram o TikTok; me veo en la titánica tarea de tratar de completar una deficiente formación en campos muy alejados de mi objetivo como docente, pero lo hago por egoísmo, porque serán estos alumnos, con sus éxitos profesionales públicos, los que van a representar en el futuro a nuestra universidad y a mí mismo. 
El adelgazamiento de las humanidades en el bachillerato es un verdadero problema en una profesión tan marcada por la tecnología y el marketing más descarado, donde la terapéutica basada en la evidencia científica brilla por su ausencia y la tecnología no se usa críticamente sino como un medio para vender al paciente mil y un sobretratamientos. Por ejemplo, el número de frenectomías (cortar el frenillo del labio superior o de la lengua) no depende de las evidencias científicas, que apenas existen, sino de que la clínica se haya gastado 15.000 euros en un láser y del conocido refrán “cuando uno tiene un martillo, todo le parecen clavos”. Molière ha revivido con su Enfermo Imaginario y hoy todo el mundo lleva aparatos nocturnos para el bruxismo, el apretamiento atávico de los dientes, porque como canta Joaquín Sabina, los negocios y cadenas de clínicas, tienen siempre un problema para cada solución. La extracción indiscriminada de las muelas del juicio, los blanqueamientos, las carillas dentales y muchos implantes no son más que sobretratamientos para aumentar los ingresos de las clínicas dentales.
Otra lacra de la actual odontología es el cientificismo, no entendido como que la única validación de la realidad sea la ciencia positiva creada por el método científico y su falsabilidad, sino el de dar una pátina de ciencia a lo que no lo es para vender; la pandemia ha cambiado la religión por la ciencia, la procesión por la vacuna. Por ejemplo, recientemente, se ha visto que el uso diario e indiscriminado de un determinado enjuague bucal anunciado machaconamente en televisión no solo producía el efecto contrario al esperado, la prevención de las enfermedades de las encías, sino que podía favorecen el desarrollo de flora compatible con el cáncer orofaríngeo y colorrectal.
Centrándome en lo mío, la Ortodoncia, voy a dar tres pinceladas sobre nuestro trabajo y las reflexiones filosóficas que lo acompañan. Es una especialidad de la odontología popular por el número de personas que la llevan o han llevado, desconocida para la mayoría de los que se dedican, de una u otra manera, al campo de la salud y desvirtuada hoy por su incontrolado ejercicio clínico; es una ciencia sin científicos dominada hoy en el mundo por el mercantilismo y los sobretratamientos. Existe un abismo cualitativo entre los que la ejercen como especialistas, y solo se dedican a ella, y los que lo hacen en el marco de la odontología general. La mayoría asocia su ejercicio clínico a lo que nos remite su etimología (de orto, recto, y dons, diente), esto es, el simple alineamiento dentario con fines estéticos; pero la Ortodoncia es mucho más. Gracias a los avances tecnológicos, la escasa investigación y las técnicas derivadas, su campo de actuación excede al común de la odontología y comprende la modificación de la posición de los dientes, el crecimiento y desarrollo del maxilar y la mandíbula y la mejora de las funciones del área: masticación, deglución, respiración y habla, sin olvidarnos de la estética de la sonrisa y el rostro. 
Para los que no conocen los entresijos de su ejercicio clínico rutinario he de decir que es muy diferente al del resto de la odontología, que está limitado al tratamiento de la caries y sus consecuencias (fracturas y pérdidas dentarias), algo a las encías y la enfermedad periodontal, con dudosos resultados, y utiliza procedimientos más o menos cruentos, hoy amortiguados por la alta eficacia de los anestésicos locales. 
La Ortodoncia basa su ejercicio en la magia, y tiene tres trucos espectaculares: la misteriosa capacidad del movimiento producido con nuestros aparatos sobre los dientes para producir hueso, la actuación indolora sobre las suturas que rodean al maxilar, y lo unen al resto del cráneo, y la modificación del crecimiento de la mitad inferior del rostro a través de cambios de presiones o la posición de músculos y ligamentos. No es este el lugar para explayarse sobre los intrincados mecanismos histológicos, inflamatorios, neuroquímicos y piezoeléctricos que produce la biomecánica de los infinitos aparatos y sistemas utilizados, muchos (como los polímeros y las aleaciones más recientes) derivados de la industria armamentística y espacial. El misterio reside en la transformación y transducción de la fuerza producida por nuestros aparatos en señales biológicas capaces de generar una cascada de acontecimientos histoquímicos y eléctricos que conduzcan a cambios tisulares que acaben produciendo el movimiento de los dientes o alterando el crecimiento y desarrollo de los maxilares.
Una de las áreas de mayor interés en investigación cráneo o dentofacial es cómo podemos modificar el crecimiento y desarrollo del rostro en situaciones patológicas (niños con fisuras labio-palatinas, síndromes y malformaciones) o en variaciones de la normalidad, para lograr la mejor función y estética. La formación reglada en nuestra especialidad es más la excepción que la norma y comprende, por directrices europeas, tres años de formación postgraduada con más de 1500 horas de atención directa al paciente. Me atrevo a decir, para defensa de mis postgraduados de la USC, que este tipo de formación solo la tienen en el mundo el 0,1 % de los que, de una u otra manera, “ponen aparatos”, que no es lo mismo que ejercer digna y éticamente nuestra especialidad.
Como médico que soy he tratado de crear una corriente importante en el panorama internacional de nuestra especialidad a la que he denominado Ortodoncia Médica (www: ortodonciausc.com) y que tiene como principal objetivo el integrar nuestros tratamientos en el esquema general de salud, tratando que algunos sean incluidos en los distintos sistemas públicos (la ortodoncia es privada, o como mucho cofinanciada, en más del 99% de los países). Los tratamientos médicos más demandados en estos casos son: la expansión del maxilar y/o el avance de la mandíbula en problemas respiratorios (resistencia aumentada de las vías respiratorias altas, roncopatía, Síndrome de Apnea Hipoapnea Obstructiva del Sueño), tratamiento de la disfunción de la articulación temporomandibular (ATM) y todos los tratamientos de ortodoncia complementarios con la cirugía maxilofacial.
En medicina también hay modas y el peso de los grandes proyectos, como el Genoma, tiene su repercusión; incluso la sabiduría popular puede en este caso corroborar el papel prístino y capital de los genes en la conformación y desarrollo de la cara (la mandíbula de los Habsburgo-Borbón o el “es cuspidiño a seu pai”, que dicen en las Rias Baixas), pero la realidad es bien distinta y el paradigma genético está siendo puesto en su sitio por la metilación del ADN, es decir, por la epigenética. El proyecto Genoma ha abierto un nuevo horizonte y ha dado paso a la denominada medicina personalizada, pero en su lado negativo, al menos desde el punto de vista filosófico, ha creado un cierto predeterminismo al gusto de Edipo o las Moiras de la Grecia Clásica. No debemos de olvidar que la genética son las cartas que nos entregan nuestros padres, pero es la epigenética la encargada de jugarlas. Sí, uno puede tener a los 16 años la mandíbula de su padre, pero esta no es producto exclusivo de la herencia de un molde cartilaginoso, en este caso el llamado cartílago de Meckel, sino de la función epigenética, es decir de la acción sostenida en el tiempo de los músculos y ligamentos que se insertan en ella. El crecimiento de la cara no tiene la predeterminación genética que creemos, no es como la ontogenia, que es una recapitulación a gran velocidad de nuestra filogenia, de hecho, no existen, de acuerdo con la Hipótesis de la Matriz Funcional Oronasal de Melvin Moss, centros específicos de crecimiento, solo locus, influenciables por las fuerzas de la naturaleza, la de los músculos, ligamentos y articulaciones de cada individuo, o las artificiales de la Ortodoncia y Ortopedia Dentofacial. La alta proporción de pacientes dolicofaciales en Galicia no solo hay que buscarla en la genética de los gallegos primitivos, los suevos, los romanos o las migraciones desde Centroeuropa, sino en un clima que favorece los problemas de las vías respiratorias altas y la respiración oral. Por eso el desconocimiento de nuestra especialidad y la manera limitada en que se ejerce, centrada en muchos casos en el alineamiento cosmético de los dientes, me llena de tristeza y desazón.
Uno puede preguntarse el porqué de este desatino y la respuesta puede parecer sorprendente: los médicos no se forman en absoluto en odontología ni crecimiento dentofacial (proceso de la erupción dentaria, crecimiento de los maxilares, papel de la articulación temporoamandibular, etc.) y el currículum de las facultades de odontología peca de centrase en la caries y sus consecuencias, lo que explica el terreno de nadie de la biología craneofacial, cosa que he comprobado muchas veces al hablar de investigación con antropólogos. Por eso la Ortodoncia es más el arte de lo imposible que la ciencia de lo probable, y ha de ser ejercida a la espera de ser descubierta, y por extraño que parezca algunos especialistas jóvenes, los dentistas generales y ya no digamos los que la ejercen sin ningún tipo de preparación, desconocen su verdadero alcance terapéutico, centrándose la mayoría en el puro alineamiento dentario, sin diagnóstico ni plan de tratamiento y hoy con aparatos pedidos on-line, que ni prescriben ni entienden. 
En su clásico libro de la “Estructura de las Revoluciones Científicas” Thomas Kuhn nos previene de la idea preconcebida de la evolución diacrónica e incremental de la ciencia, con ejemplos que van desde la visión geocéntrica o heliocéntrica de nuestro Sistema Solar a las distintas confirmaciones de la teoría de la Relatividad, general y especial, de Albert Einstein. Pero quiero pararme en un punto y es el de los progresos tecnológicos de la ciencia, que sí siguen una línea ascendente y no están tan expuestos a la lucha de paradigmas y los períodos de revolución científica. La nueva tecnología digital en ortodoncia ha cambiado más procedimientos clínicos que conceptos; la capacidad de abstracción y conceptualización no es, precisamente, el fuerte de una profesión tan apegada al empirismo y la rápida resolución de los problemas prácticos del paciente que acude con dolor o limitación funcional.
Nuestra profesión, y aquí amplio nuestro horizonte al de toda la odontología, se ve sacudida por la digitalización, la robótica y la inteligencia artificial (IA) y conviene hacer una reflexión sobre ese “nada más” que el maestro Martin Heidegger añadía al conocimiento en importantes áreas del saber, y que también es aplicable a una actividad, mitad ciencia y mitad arte, que es la odontología y que parecería, por su pragmatismo y empirismo, estar tan alejada de la reflexión filosófica. La industria, con productos derivados de la investigación en ciencias básicas como la física o las matemáticas, crea la tecnología que nosotros, los profesionales, hemos de evaluar y convertirla en técnicas aplicables al paciente, sea en la esfera diagnóstica o terapéutica, buscando su eficiencia (eficacia con maximización de comodidad para el paciente, en tiempo y costes). 
Como creo va a ocurrir con la IA, el resultado puede ser bueno para el paciente y malo para el profesional, en el sentido de su prescindibilidad. Un claro ejemplo es la radiología, donde los programas actuales, y no digamos los futuros cuánticos, comparan en milésimas de segundo una imagen compatible con un quiste o un tumor mandibular, con miles de imágenes ya diagnosticadas y que toman de base para aprender. Es más, lo que diferencia la mente de un radiólogo o un ortodoncista novato de un experto (después de dedicar más de 7 a 10.000 horas al tema) es similar al que separa un aprendiz de ajedrez de un gran maestro, los denominados chunks o bloques, una especie de heurísticos o atajos mentales, que hacen que veas lo que quieres ver. En otras palabras, después de ver miles de pacientes, cuando veo una boca, mi cerebro solo me muestra lo que está mal y me borra lo que es normal en esa oclusión o esa cara. Si bien los algoritmos han de ser creados por un experto, o un sistema experto basado en pensamiento borroso, los chunks agilizan el diagnóstico y la toma de decisiones. 
Todo esto se complica, incluso en algo tan banal como alinear dientes, con los escáneres intraorales combinados con la radiología 3D (TAC, CBCT y resonancia magnética) y permiten obviar el diagnóstico local enviando los registros del paciente a un centro de diagnóstico y tratamiento. El futuro, para bien o para mal, ya está ahí y miles de clínicos sin conocimiento alguno de ortodoncia envían sus registros a otro continente (fábricas en EEUU o China) para que desde allí le envíen los aparatos necesarios para corregir el problema, limitándose esa clínica a ser un punto de venta de aparatos (sean alineadores poliméricos o férulas de descarga). Como uno puede imaginarse, la falta de conocimientos y ética de estos profesionales lleva la penitencia asociada a su pecado y se acaba pagando por la actual imperfección del sistema; la inmensa bola de nieve que representan los casos mal tratados o imposibles de terminar no para de correr ladera abajo, convirtiéndose en un alud de proporciones descomunales. Un solo dato es suficiente: este año el gasto en este tipo de tratamientos rondará en el mundo los 10.000 millones de dólares y se estima en 40.000 para el año 2030. 
Este sinsentido, que está perjudicando a miles de pacientes/clientes (he tenido el honor de referirme a esta distinción en el libro homenaje al insigne Mario Bunge) se ve agravado por los nuevos sistemas de diagnóstico y seguimiento del tratamiento on-line (como el Dental Monitoring®) donde el paciente se monitoriza (de aquella manera, claro) con fotografías y videos enviados desde su teléfono móvil. No soy nada sospechoso de poner barreras al progreso tecnológico, me encanta la tecnología, pero no debemos de olvidar la sacrosanta relación médico-paciente. Los dentistas que conozco, obnubilados por toda esta marea digital se olvidan del carácter salutífero de nuestro prestigio profesional, cercano a la imposición de manos y el efecto placebo, y debemos de confrontar nuestro tiempo médico de escucha con los milisegundos de la Inteligencia Artificial; todos nos enfadamos, nos estresamos, nos sentimos mal atendidos cuando nos contesta una voz artificial al teléfono.
 En su magnífico discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina de Galicia, nuestro compañero Arturo González Quintela comparaba el tiempo clínico con el tecnológico para criticar la presión del tiempo sobre el médico y la medicina acelerada; el vértigo, decía, es en cierto modo el precio del progreso. Volvamos, como siempre, a los griegos; debemos de dar preferencia al kairos, el más pausado tiempo clínico, el del diálogo con el paciente, frente kronos, el de los sistemas expertos, los algoritmos y la medicina computerizada. El kairos representa la necesidad de pausar, de encontrar el momento perfecto para la intervención, el diagnóstico o la escucha; es el tiempo de la empatía, de la inteligencia emocional, de la conexión profunda con el paciente.
Debemos de entender la enorme importancia de lo inútil y aprender a refugiarnos en libros como “Alabanza de la lentitud” de Lamberto Maffei que reivindica la inscripción, en el Salón de los Quinientos de Florencia, “festima lente” (apresuraros con lentitud) dibujada en los frescos de Giorgio Vasari, sobre una tortuga que lleva sobre su caparazón una enorme vela hinchada por el viento. Necesitamos más tiempo con el paciente real, no el virtual, más lentitud, más espacio para observar y pensar. Las grandes compañías de alineadores, que nos acabarán destruyendo, buscan la rapidez del hiperconsumo, la desnaturalización del trato con el paciente, a través de la consulta virtual, buscan encender los focos del escenario y que se acaben nuestra magia, producto de nuestro prestigio y este de nuestro trabajo y experiencia.
Además de los libros y artículos científicos sobre mi especialidad, tengo el honor y el gusto de ejercer un poco de tábano socrático de nuestra profesión en mi sección de la revista International Dental Tribune , editada en Miami, donde abordo los problemas que nos atañen con una perspectiva un tanto filosófica, porque me enamora esta aparente inutilidad de lo importante. En este sentido me preocupa estar en el grupo de los que hoy contribuyen a la frívola dictadura de la estética o mejor dicho del aparentar. Los índices de suicidio, intento de autolesiones, trastornos de la alimentación y conducta y desarreglos psicológicos entre niñas, en definitiva la epidemia de infelicidad en adolescente, no para de crecer y tiene su raíz en el deseo de aparentar, de ser otro, vehiculizado y potenciado por las incontrolables redes sociales. La relación entre índice de masa corporal y/o estética facial e infelicidad están ahí, no son una opinión subjetiva.
Bromeo con mis alumnos cuando les digo que pertenecemos a una generación del club de “nos gustan todas”, claro que siempre había chicas más guapas, pero las mujeres de mi generación no sentían la asfixiante presión que hoy sufren las adolescentes y que vemos cada día en la clínica. Siempre había, en nuestra generación, un roto para un descosido e incluso las pacientes con síndromes y malformaciones faciales se las arreglaban psicológicamente bien. Hoy la pubertad se ha convertido en una tragedia para los que no cumplen con los estrictos cánones de belleza y lo vemos en las tribus urbanas cohesionadas por la estética corporal y facial. Temo no ser políticamente muy correcto con lo que estoy afirmando, pero aun tirando piedras contra mi tejado, es lo que percibo profesionalmente a diario. Las redes han infectado a los jóvenes con el deseo y la apariencia solo con el objetivo de satisfacer a esta sociedad hiperconsumista, de vender.
Aparentamos constantemente con la estética de nuestra sonrisa y nuestra cara, la ropa y complementos que llevamos o aireando nuestra maravillosa vida en redes sociales. El aparentar es la santísima trinidad de nuestra sociedad porque conecta el parecer ser más joven, más saludable con ser más aceptado o envidiado, alcanzado los últimos escalones de esa escalera de la felicidad que es la pirámide de Maslow y que tiene en su cima la autorrealización; cuestión importante sería conocer que entiende cada individuo, en esta sociedad tan distópica, al referirse a este término.
Un punto importante es entender que la actual tecnología nos permite marcarnos objetivos y aplicar técnicas impensables hace pocos años y aunque en ocasiones la excelencia o lo mejor, es enemigo de lo bueno, los estándares han cambiado, y el perseguir la normalidad física (el restitutio ad integrum) se ha transmutado en ir persiguiendo un ideal, o al menos acercarse lo más posible a este nuevo Santo Grial de la estética perfecta. De esto deriva una conclusión lógica: los pacientes no quieren la media sino la excepcionalidad de la perfección mantenida hasta el infinito y más allá. Lo raro es tener los incisivos inferiores perfectamente alineados, rectos, no un discreto apiñamiento e irregularidad, lo anormal, en la mediana edad, es tener unos dientes de blancura resplandeciente o sin un atisbo de abrasión o microfracturas. Los pacientes buscan en su sonrisa un rápido reclamo emocional, por eso no nos compran lo que necesitan (función masticatoria) sino lo que desean (apariencia cosmética). Las redes han dado un nuevo sentido a la palabra aparentar y la han convertido en uno de los nuevos pecados capitales; ya no importa lo que se es, sino lo que uno aparenta ser; pero no debemos nombrar la soga en casa del ahorcado, porque esta nos beneficia a los dentistas: el aparentar en los selfis empieza por la sonrisa.
Si en algo coincide hoy la filosofía es en la reflexión sobre esta nueva esclavitud autoimpuesta: el aparentar. Hemos pasado de una esclavitud infligida por los faraones, los dioses-rey, la colonización, las dictaduras o el omnipotente estado, y su exclusivo patrimonio de la opresión y violencia, a un nuevo tipo de esclavitud autoinfligida donde es el individuo el que se marca las metas erróneas e inalcanzables que lo acaban esclavizando.
Muchos han cambiado el remo de la galera, y el monótono retumbar del tambor, que marcaba el ritmo, por un trabajo igual de monótono, sin un ápice de creatividad, asalariado del estado o por cuenta ajena, que hace que ese individuo sea totalmente prescindible en la época de la inteligencia artificial. La mayoría corre sin parar hacia ninguna parte, como un pequeño hámster en su tambor centrífugo, con un penoso presente y abrazando la esperanza de una futura felicidad que jamás va a llegar. Este nuevo concepto de esclavitud invisible autoimpuesta es más sutil que la visión orwelliana del futuro de “1984” y por ello más mortífera, al menos para el alma, porque el Gran Hermano queda desdibujado y oculto en las redes por la imposición de unos anhelos, unos deseos, vehiculizados y retroalimentados por los selfis. Los jóvenes, por culpa del teléfono inteligente, están siempre en otro lado. Incluso conceptos como el de felicidad aplazable, tan de moda hoy en día, son piezas de este puzle del autoengaño y la autoexplotación, el hombre ya no es un lobo para el hombre, sino que es un lobo para sí mismo con la apariencia de piel de cordero para los demás. El peso de la piedra que Sísifo soportaba con estoica resinación, en un ciclo infernal interminable, parece haber desaparecido; ahora importa más con qué porte y elegancia la lleva Sísifo. 
No es de extrañar el último premio Princesa de Asturias a Byung-Chul Han, o la actualidad de las obras de Gilles Lipovetsky, con su Imperio de lo Efímero o la Era del Vacío. El capital o el estado opresor de F Engels, Michel Foucaut y Roberto Toretti se ha visto suplantado por la conciencia individual de millones de individuos que han decidido subirse al giratorio tiovivo de la nueva esclavitud. 
Y nosotros, los dentistas, también participamos en este sinsentido de infelicidad que es el aparentar y tiene en el efecto Halo y el Pigmalión dos de sus más conocidos heurísticos mentales. Es obligatorio que una sonrisa perfecta y deslumbrante adorne la cara de todos los jóvenes en los selfis, no reír por no querer mostrar la sonrisa, en un tiempo de blanqueamiento, ortodoncia, alineadores y carillas, ya no es de recibo en una sociedad VICA (voluble, incierta, cambiante y ambigua) que marca rígidos y universales cánones estéticos para la sonrisa.
La solución no es nada fácil, porque recurrir a una marcada personalidad, que supere los potenciales complejos estéticos, en un momento tan crítico como la pubertad y en un ambiente tan viciado, no es de recibo. Recurrir a tópicos como que la belleza está en el ojo del observador o en el interior, no es más que una memez. Naturalmente que no se trata de seguir el modelo surcoreano o de algunos países latinoamericanos donde la mayoría de las adolescentes con “plata” se ponen ortodoncia, cirugía estética y ortognática, sino de conocer la importancia de la estética, en nuestro caso facial, para abordar desde aquí el problema; el machista y antiguo dicho de “no hay mujer fea, sino marido pobre” se ha transmutado en muchos países por “no hay adolescente fea, sino padres sin recursos”.
La cara, y por supuesto la sonrisa, es nuestra tarjeta de presentación; ante un primer contacto con un desconocido nos fijamos en sus ojos, su boca, su sonrisa y su nariz. La sonrisa es lo móvil de la cara y nuestro primer punto de atención. Creo que, en el espacio evolutivo entre el gesto facial, llamémosle superior, para diferenciarlo del de los primates, y el habla, apareció la sonrisa. Con la evolución y el habla cambio la vida de relación de los humanos, involucionaron los músculos de la masticación, y se desarrollaron y afinaron su funcionamiento los de la mímica porque la vida social y la disonancia entre lo que se decía y sentía exigía una nueva finura en la realización y captación de las expresiones faciales. Gran parte de la colaboración entre Charles Darwin y el gran Duchene de Boulogne se centró en los tipos de sonrisa: “La emoción de franca alegría se expresa en la cara por la contracción combinada del músculo Orbicular de los labios y el Cigomático mayor. El primero obedece a la voluntad, pero el segundo sólo se pone en juego por la dulce emoción del alma”, resume poéticamente Duchene en su Mecanismo de la Fisonomía Humana.
En mi opinión, el relato del Génesis obedece a un rio subterráneo que nos habla metafóricamente de nuestro pasado y en concreto del pecado original y la expulsión del paraíso; se refiere a la adquisición de una mente pensante, que anhela y desea, y por eso peca. El pecado es posible porque el individuo ya puede tener lo que a otros animales le es vetado, la disonancia cognitiva, que le permite mentir. Todos hemos ido a una fiesta teniendo que saludar con una sonrisa cínica a alguien que nos cae mal. En este nuevo estatus, donde el hombre ya puede decir una cosa y hacer otra, donde la finura y precisión del gesto cobra una gran importancia en la vida de relación y la evolución humana. Por eso la sonrisa estaba proscrita en la teología del medioevo (ver el final del “El Nombre de la Rosa” de Umberto Eco).  Esta evolución de la mímica sería similar a lo que ocurrió en nuestro cerebro, primero con la oposición del pulgar y después con el desarrollo de unas manos que hoy nos permiten doblar alambres o colocar ataches con precisión; cerebro y mano tuvieron un desarrollo en constante retroalimentación. La captación del gesto, los circuitos neuronales para su evaluación sensorial y emocional son hechos evolutivamente hablando, recientes, asentados en la corteza prefrontal.
Si uno tiene alergia a Pubmed o consultar cualquier base de datos científica, llega con que lea un par de libros sobre la pretendida “ciencia de la belleza” para ver su importancia en nuestro devenir; los datos no son sorprendentes, sino aterradores, por su influencia en nuestras vidas y por agravar aún más la injusticia en el mundo (ver: Ulrich Renz. La Ciencia de la Belleza. 2006. Ed Destino. Imago Mundi. Barcelona). Afirma Ulrich Renz “La belleza es un terreno minado, explosivo. ¿Por qué un niño guapo recibe en la escuela más atención, cariño, palabras amistosas y mejores notas? ¿Por qué un ladrón bien parecido consigue del juez una pena menos severa que otro ladrón de aspecto menos agraciado? ¿Por qué una mujer bella tiene más acceso al trabajo o recibe mejores atenciones de su médico?” Para Renz “la belleza es un insulto a uno de nuestros valores más sagrados: el que afirma la igualdad de oportunidades entre todos los seres humanos” y yo aún iría más allá: la marcada fealdad es hoy una injusticia (y aquí siento discrepar de psicólogos posibilistas, de Umberto Eco o Fernando Savater). 
Hablar de belleza facial no es solo moverse en un área minada, sino que los resultados son tan sorprendentes e injustos que la ciencia ha preferido adoptar la técnica del avestruz, y desde hace bastantes años no existen, o están inconscientemente censuradas, estudios al respecto, supongo que la cultura Woke tendrá algo que ver (la diferencia entre etnias, países, clases sociales, etc.). Ocurre con el debate, que se lleva arrastrando desde Cesar Lombroso, sobre como la cara es el reflejo del alma; sin caer en las descabelladas teorías del turinés (ver: https://www.youtube.com /watch?v=YO1pjcb2Qik&t=2871s) hay que reconocer que sí, hay detrás un runrún, más allá de los estereotipos (los malos en las películas tienen cara de malos). Algunos, como N Mocan (2006) han reabierto la polémica lombrosiana (Naci Mocan y Erdal Tekin. Ugly Criminals. 2002. NBER Working Papers from National Bureau of Economic Research, Inc) al afirmar que los criminales son más feos que la media de la población, lo que puede dar lugar a varias interpretaciones, por ejemplo, que el tipo de vida, más violenta, produzca heridas, cicatrices o mutilaciones, las drogas o el tipo de vida (lipodistrofia de los pacientes con VIH), el pertenecer a grupos excluidos socialmente (peor alimentación, maduración del área prefrontal, etc.). El otro día viendo un reportaje sobre las Maras y la cárcel CECOT de El Salvador me preguntaba si son feos porque son malos o porque son feos, son malos, porque al incorporarse en grupos criminales cambia su estética e incluso su gesto. La literatura está repleta de asimilar injustamente cualidades morales opuestas a la belleza y la fealdad.
Todos quedamos sorprendidos por los increíbles trabajos de MJ L Smith de 2006, donde se demuestra en fotografías superpuestas de mujeres en distintos días del ciclo menstrual como los hombres somos capaces de detectar los momentos de mayor fertilidad, solo por el atractivo; las mujeres con niveles más elevados de estrógenos tienen rostros más femeninos, saludables y bellos. El uso de maquillaje puede enmascarar señales que indican niveles hormonales bajos, y quizás este hecho explique las disparatadas cantidades que se gastan anualmente en cremas y maquillajes (del maquillaje de nuestro presidente, prefiero no hacer comentarios). El gran salto desde las venus de Willendorf o de Laussel a Nerfertiti, tanto en su famoso busto, como los distintos bajorrelieves de Tell el-Amarna, y su propio nombre (la belleza ha llegado), marcan un salto cualitativo de la humanidad desde el deseo más atávico al gusto por la estética más sensual.
La belleza no es cultural o un mito que hemos creado los malvados y patriarcales hombres para tratar a las mujeres como objetos de deseo; la verdad es muy diferente y está arraigada en los genes, las hormonas y las tres capas concéntricas que forman nuestro cerebro, desde el instinto sexual de nuestro cerebro reptiliano, la emoción del sistema límbico y la amígdala, a las capas corticales donde se relaciona con el atractivo y la moda. Al nacer traemos una información de base, un auténtico programa y en el caso de la belleza facial parece que se trata de un sólido canon grabado a fuego en nuestra mente (Rantala MJ, Marcinkowska The role sexual imprinting and the Westermarck effect in mate choice in humans. Behav. Ecol. Sociobiol. 2011. 65, 859– 873.). Un bebe de pocos meses ya diferencia un rostro y una sonrisa hermosa.
La cosa se pone aún peor con la nueva visión de la evolución “rápida” unida a la herencia. La belleza hace una especie de selección natural de inteligencia y estatus; “en una sociedad en la que los individuos eligen pareja libremente, la belleza tiende a formar de manera casi natural una coalición con cualidades socialmente deseables”, el poder, el dinero, la inteligencia o la creatividad buscada por las mujeres bellas crean cualidades genéticas determinadas en su descendencia; una mujer bella es un potente signo de estatus (ver Melania y la familia Trump y la asociación de belleza-dinero-poder del gran capital). En los próximos años la parte de la humanidad más agraciada económicamente centrará sus anhelos en la santísima trinidad de salud-belleza-juventud (ver las recientes series de Netflix sobre el tema). Los experimentos sobre la selección de pareja son aún más deprimentes: escogemos lo que podemos y en función de cómo nos vemos y valoramos (los hombres con una visión elevada de sí mismos escogen mujeres más bellas, y lo contrario), el impacto de la belleza es totalmente desproporcionado y la pasión de las mujeres jóvenes y bellas por el estatus y poder es algo sobre lo que tiene que reflexionar el feminismo. U Renz sintetiza todos estos prejuicios en: “si usted hubiera nacido más bella, estaría siendo amada por otra persona”. 
 
Quiero acabar reiterando mi pasión por una Ortodoncia Médica, aquella más allá de la estética y cosmética, la que ha ayudado a nuestros hijos a tener unas correctas funciones orales, para masticar con eficiencia sin dolor, molestias o ruidos articulares, respirar adecuadamente por la nariz y evitar problemas como la roncopatía o el Síndrome de Apnea Hipoapnea del Sueño. Una Ortodoncia que es bien comprendida, aceptada y valorada por todos los especialistas médicos de nuestro hospital universitario de Santiago de Compostela empezando por el Servicio de Cirugía Maxilofacial, con el profesor Abel García, de Otorrinolaringología, de Neumología y sueño, de Rehabilitación y tantos otros. Una especialidad digna de ser ejercida con la ética que me enseño mi padre, y a él su padre, de la que hoy carecen muchos profesionales, la que permite a niños y adultos sonreír abiertamente y con confianza y que sea una parte crucial en el tratamiento de todos aquellos pacientes aquejados de verdaderas enfermedades, o con necesidades especiales, síndromes y malformaciones dentofaciales, que ha de cubrir el sistema público. Nuestro Servicio de Investigación en Ortodoncia de la Universidad de Santiago tiene un carácter pionero en todo ello.